Carta al cielo
Todo comienza cuando acaban las ilusiones y mi vida se vuelve gris, las nubes ciegan mis sentidos y la lluvia ahuyenta los motivos de mis sueños, sumergiéndome en un destino de humedades frías y oscuridades pacientes del miedo.
Antes de todo, la paz crecía en las semillas de los versos, en las praderas sembradas de amapolas y rosas que florecían pendientes del cielo, como si de ellas dependiera el motivo por el que se sostiene todo, en un mundo que gira alrededor de un universo. Oculto en el paisaje de un cuadro abstracto que esconde la verdad tras las pinceladas del cuadro viejo, ocultado por imágenes que no muestran los sentimientos, imágenes difusas, confusas como es la vida, que pretenden ser jóvenes para sanar las heridas y así poder continuar con otra estrofa, con un punto y aparte que lo sane todo, que deje atrás el pasado, para así empezar otra poesía creada con los pétalos de tu cuerpo.
Antes de todo, mi alma desbordaba sobre las pasiones, acariciando con sus manos la alegría de no saber que estaba viviendo, antes no creía en el dolor, no conocía los miedos ciertos, no sabía de la vida ni de las cruces que en realidad sostengo.
Amanece, la luz se adentra en el cuarto por las estrechas raíces que me unen a la tierra. Las paredes opacas como un telón de acero, ocultan el exterior ofreciéndome el silencio. Caen lágrimas de sal y cada suspiro se compenetra con las gotas de humedad que hacen ondas en el charco del suelo, siendo tan solo luces que mantienen atendida mi soledad en un mundo de sombras.
Sueño con volver a ver la luz, quedando tan lejos de mí en la caverna del infierno, tan sólo llego a sentir pequeños retazos de alegría que emanan de las horas en el vacío y se nacen de mi locura. La luz muerde mis pasiones, los pequeños brotes que llegan a mis piernas me acompañan en la soledad, leves caricias que muestran la ternura del silencio. Me mantengo inactivo, observando el vacío tan lleno de un momento mágico. Los pequeños latidos de las lágrimas siguen golpeando el silencio, acariciando con sus manos el paso del tiempo. Cada segundo me mantiene inmóvil, agarrando mis manos con su magia y dejando escapar mi mente más allá de la cárcel de mi cuerpo, para que mi alma vuele entre las nubes acorchadas como un pájaro que recorre libremente el cielo, pero no te encuentro. Pequeñas demencias cadentes de sentido que me mantienen en la delgada línea de la cordura y el delirio.
Tras el amanecer sigo sintiéndome atado, las cadenas invaden mi cuerpo, el metal que las ha creado se inyecta en mis venas haciendo de mí un plomo pesado, raíces que se enredan en mis manos y pies impidiendo que respire realidades.
Los días transcurren libremente, idénticos unos de otros sumergidos en la monotonía, dejándome lejos de la libertad, egoístas me muestran los amaneceres y me lo quitan todo. Tras la luz que se adentra en mi caverna creando sombras en mis sentidos, llega el ocaso y es cuando se difuminan las imágenes del cuarto, haciendo de mi mundo un lugar difuso y oscuro, tan difícil de controlar que mis pensamientos rozan con su estela los bordes que cercan los campos de la locura, pero no estoy loco.
Un fuego me mantiene cálido y sumiso de las proyecciones de la vida, mi cuerpo se mantiene atado, pero mi alma intenta escapar del baile de las llamas y de mis miedos. El fuego se alimenta de mi sangre, siendo el vampiro que me arde en mis ojos y me destruye lentamente, yo sigo atento a las gotas que nunca cesan, nunca se cansan de marcar el ritmo para que el fuego continúe su baile.
En la oscuridad pretendo mantenerme al margen de todo, cierro los ojos e intento evadirme con los rayos solares de mis sueños. Pero todo continúa mientras duermo, las gotas siguen marcando su ritmo y el fuego crece libre, marchitando lentamente mi caverna, calcinando mi cuerpo y así acabará con mis miedos.
Para olvidar he inventado un mundo desierto, caprichoso, egoísta y pasajero. He robado y mentido en un mundo injusto, que la pena sea leve, porque tan solo soy un reflejo del universo, un aprendiz de la vida. Yo solo, he intentado vivir un sueño, un hechizo oscuro de mis recuerdos.
Un día desperté y todo mi mundo había cambiado, el amanecer etéreo se sumergía cabalmente en mis profundas quimeras, se marchitó mi alegría y ahora no pertenezco ni a la vida, ni a los sueños. Permanezco inerte entre suspiros y deseos, entre lágrimas que se derraman como la lluvia cae del cielo, a partir de ahí acabaron los días tranquilos y secos.
Nunca comprenderé los lazos de la vida y sus secretos, ni quién corta los hilos del mundo cuando todo se sostiene ileso, nunca comprenderé la fugacidad y el tornar de la alegría a la tragedia en tan solo un verso.
Perdí la armonía el mismo día que perdí el sueño, se murió parte de mí, parte del ser que era y que recuerdo, pero los días transcurren, tan rápido como es la vida, y cada vez recuerdo menos. Intento mantener la distancia al mundo, intento seguir recordando en silencio, para que desaparezcan los versos que tanto amaba y que aún llevo dentro. Pero a veces pienso que no puedo, que la vida continuamente me irá arrebatando la alegría y nunca encontraré mi sueño.
No olvido como hacías de la vida un cielo, como cada mañana tus brazos acogían el despertar de mi cuerpo, siendo así cuando comenzaban mis sueños.
Recuerdo los días que despertabas sacando la fuerza del alma y dejando al mal durmiendo entre las sábanas, me mostrabas todo el amor que puede haber en la vida. Y ahora las lágrimas nacen de mi alma, acariciando mi rostro con sus manos húmedas, que se desvanecen por un cristal empañado. El tacto de las lágrimas es un débil y humeante sentimiento, como si me acariciaras, calmando los brotes de sangre frustrada, la furia, y a la vez la impotencia que hace escribir estas palabras cansadas.
Hoy camino sin sentir los pétalos rugosos y secos que el otoño trajo a mis manos, sin sentir que la vida pueda volver a ser un sueño. Aunque quiero pensar que ya encontraste tu sueño y que siempre estarás presente en lo más profundo de las venas de mi cuerpo, siendo parte de mí, porque a ti te debo la vida, todo lo que soy y todos mis recuerdos.
Hoy describiendo cada imagen veo como las olas ahogaron lo quedaba de mi alma, camino por un mundo infeliz, sin ser iluso de emociones que desboquen mis palabras.
Hoy para mí, las palabras no valen nada, no llegan a dibujar el dolor que siente mi alma. Hoy ya no replican, en mis sueños, las campanas, y el dulce olor a rosas sigue junto a tu alma. Hoy admiro cada pétalo, cada flor de un jardín, que sembraste con tus manos y se sostiene en la nada.
Hoy miro a las estrellas y pienso que al fin encontraste la paz, miro a las estrellas y escucho el silencio que queda tras la batalla, despertando del silencio mis gritos vacíos de esperanza y mis ganas de luchar cuando parece que ya es tarde para no poder hacer nada. Aunque siempre admiré la paz que desbordaba por el verde de tu mirada, por los campos de entretelas con las ramas deshojadas, siempre admiré tu fuerza transmitiendo la alegría hasta el fin de las palabras, la sinceridad más fiel del alma.
Hoy veo como mis raíces se quedan taladas y secas del fervor hacía las lágrimas, y veo como se rompen los esquemas de los sueños cuando pienso que no queda nada, pero sembraste un jardín de sueños, de caricias y de abrazos que ahora quedan expuestos, de rosas que suspiran por tu alma, esperando ser regadas.
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